Me llamo Alfredo Pérez y soy fumador. Así me he atrevido a empezar este pequeño comentario. Tal y con lo hacen los alcohólicos, para despejar cualquier duda acerca de mi adicción y de mi condición. No estoy orgulloso de serlo pero tampoco me avergüenzo de ello. Soy un fumador consciente y convencido.
Este preámbulo que trata de aclarar que estoy del lado de los fumadores también expresa que respeto a los no fumadores. Les respeto como siempre les hemos respetado las personas con educación. ¿Le importa a usted que fume ? Preguntábamos a la persona que estaba junto a nosotros. Y aquella persona se apresuraba a responder: ¡No, Que va! De ninguna manera. Eran otros tiempos. Tiempos en los que el tabaco era una costumbre bien vista en la sociedad. Incluso era un signo de virilidad entre los hombres más jóvenes (y ya ves, por lo visto produce impotencia) y una norma de cortesía ofrecer un cigarrillo a las visitas. Lo mismo hoy en día le ofreces un cigarrillo alguien y te dice: ¿Pero tú estás loco? ¿Es que quieres matarme?.
Creo que el cigarrillo no es muy bueno. Tanto humo en los pulmones debe ser fatal para la respiración. Además como va a la sangre debe ser fatal para todo lo demás. Esto está claro. Pero es posible que lo único que sea sano en este mundo, en esta sociedad me refiero, es el agua mineral. Esa que sólo sabe a agua. Es decir esa que está malísima porque no tiene sabor. Que estamos tan acostumbrados al cloro que el agua en su estado natural no nos sabe a nada y creemos que está mala. Que le pasa como a la leche. Qué pruebas la leche de una vaca con toda su nata y todo su olor y estas devolviendo hasta que echas el estómago por la boca.
Y hablando de sabores auténticos, hace tanto tiempo que no me como un buen tomate, o una buena manzana, un buen plátano o un buen melocotón que casi ya se me están olvidando su sabor y su aroma. Los jóvenes y los niños no sabéis de que hablo porque no conocéis como era el sabor de los tomates. ¡Ah! Aquellos tomates de mata.
Me estoy desviando algo de la cuestión. La retomo pues. Lo que realmente quiero expresar es que la falta de gusto que han tenido las autoridades sanitarias en el diseño de las nuevas cajetillas de tabaco que es deprimente. He leído una carta en un periódico que, en opinión del remitente, estaba muy bien poner esos necrológicos avisos amenazándonos prácticamente de muerte, al igual que se ponían advertencias en otros lugares y artículos. Como una calavera en la lejía o productos venenosos y una figura de un hombrecito siendo electrocutado por la corriente en una torre de alta tensión.
¡Estaría bueno que no se pusiese! ¡Vaya falta de cuidado y responsabilidad! Y más medios debían de poner tales como vayas, barreras, cerraduras, cadenas. Que muchos accidentes suceden por la falta de medios de prevención.
Pero es que la lejía y el veneno matan en el acto y la muerte es segura. Al igual que la alta tensión. Prefiero fumarme 1000 paquetes de tabaco que beber un solo trago de lejía. No comparemos.
Pienso que como estaba antes era suficiente. Una advertencia discreta pero clara. Con este nuevo anuncio, una de dos, o creen que somos miopes o creen que somos tontos.
Desde que han salido estas cajetillas con ese cartel propio de las esquelas suelo decir una cosa: que mientras no las personalicen y pongan algo así como ANTONIO GARCIA. TE VAS A MATAR CON EL TABACO, no creo que la campaña sea muy contundente.
Aunque por otra parte creo que quien la pensó es una persona inteligente. Conoce muy bien en miedo a la muerte que tiene la mayoría de las personas, y que se aterran de cualquier cosa relacionada con ella. Sin embargo no dará resultado. Por otro lado están las personas que les gusta leer las esquelas de los periódicos (que se que las hay) y lo mismo esta idea les incita a comprar cajetillas de tabaco con el ánimo de leer las esquelas y puede que también las lleve a su posterior consumo. Ya se sabe, una cosa lleva a la otra. Con lo que se ingresarían las listas de fumadores destinados sin remedio a padecer un cáncer. Cuidado con eso, puede ser un arma de doble filo.
Se me ocurre pensar en otras cosas lo mismo de peligrosas que al igual que con el tabaco se podrían también poner anuncios que advirtiera del peligro que supone, por ejemplo, trabajar.
Delante de un ordenador todo el día. Enfermedades oculares y otras por radiación.
Metido bajo tierra en el metro 8 horas. Estrés y angustia.
De pie, como un camarero, 12 horas. Varices y otras circulatorias.
Cargando grandes pesos, mozos albañiles y otros, 8 horas. Problemas de columna y espalda.
Pintando metros y metros de superficie con productos altamente tóxicos, 8 horas. Problemas pulmonares y de hígado.
Trabajando cuatro o 6 horas en una mina de carbón si salir al exterior. Gravísimos problemas pulmonares y otros.
Estar sentado al volante 6, 8, 12 horas o más, como los camioneros, taxistas y conductores de autobuses. Problemas de espalda, riñones, vértebras y corazón.
Estar oyendo ruidos fuertes 8 horas, como barreneros operadores de pico neumático. Sordera, problemas del oído, espalda y riñones.
Estar 8 horas sentados en una oficina o despacho con luz artificial y aire acondicionado. Problemas de estrés generalizado, alergias, problemas de circulación y cardiacos.
Recomiendo a las autoridades laborales que hagan la siguiente advertencia. Pongan ustedes en cada puesto de trabajo un cartel que diga: Las autoridades laborales advierten: trabajar puede matar o causar enfermedades graves.
Ahora en serio ¿Saben por qué no se quita el tabaco de consumo? ¿Por qué no se prohíbe si tan malo es? ¿O se hace algo realmente eficaz para erradicar esta costumbre y adicción de la sociedad?.
Es un simple cálculo (aunque a mí siempre se me han dado fatal los números) mientras lo que recibe el estado por los impuestos indirectos que le proporciona el tabaco (que es altísimo, unos 6000 millones de euros) no sea inferior a los costes que se suponen a la seguridad social por el tratamiento del cáncer, no es interesante prohibir el consumo de cigarrillos. El día que se prohíba fumar sabremos que en la hacienda pública hay un desequilibrio económico.
¡Qué hipocresía!
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